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Biosfera, cerebro y familia

Actualizado: 18 nov 2023

Tres asignaturas pendientes para abordar el camino hacia la sostenibilidad.


Por Alberto Santolaria De Castro


Sabemos que una asignatura pendiente en el mundo académico indica de forma inequívoca que tenemos un suspenso en la demostración del conocimiento sobre la materia en cuestión. Esto significa que si queremos pasar de curso, en este caso superar la crisis planetaria en la que nos encontramos, sería indispensable alcanzar el aprobado en al menos tres temas principales donde el ser humano se maneja: la biosfera, el lugar donde se ha desarrollado nuestra especie desde su origen; el cerebro, nuestra principal herramienta que nos ha permitido adaptarnos a múltiples ambientes y lograr el éxito evolutivo gracias a habilidades humanas propias como la imaginación y la colaboración; y finalmente, la familia como la unidad organizativa más pequeña, donde las decisiones son tomadas de forma autónoma e interna y producen en los individuos un profundo arraigo de creencias y hábitos trasmitidos de generación en generación y modificados por las variaciones que llegan de forma constante del entorno. La situación actual evidencia que, a pesar de que los conocimientos sobre estas materias son cada vez más profundos y precisos, no estamos logrando alcanzar los objetivos marcados por los científicos climáticos para minimizar los riesgos a los que nos enfrentamos, de forma que necesitamos ineludiblemente un impulso de mayor envergadura para superar estos desafíos, actualmente en suspenso.


La biosfera, nuestro hogar

Es el sistema formado por el conjunto de los seres vivos del planeta Tierra y sus interrelaciones, una «envoltura viva» dentro de la cual se desarrolla la vida. Su origen se remonta, al menos, a 3.500 millones de años atrás y, como ecosistema global, se le atribuyen otros términos que pueden considerarse sinónimos, como ecosfera o biogeosfera. En ocasiones se describe también como un gran ser vivo, con capacidad para controlar, dentro de unos límites, su propio estado y evolución. Es la conocida hipótesis de Gaia, basada en que la organización de la vida actúa como una jerarquía de niveles de complejidad con sistemas menores que se organizan para formar otros mayores, más complejos y potencialmente más variados. En este sentido, la biosfera muestra, aunque no con el grado de control de un organismo, capacidades de homeostasis (regulación de su composición y estructura) y homeorresis (regulación del ritmo de sus procesos internos y de intercambio).


Un concepto más avanzado y novedoso es el de los límites del crecimiento relativos a las actividades humanas, donde se han establecido unos márgenes de seguridad compatibles con nuestra propia supervivencia. Son los llamados límites planetarios, un marco conceptual que evalúa el estado de varios procesos fundamentales para la estabilidad del sistema Tierra y sugiere una serie de umbrales para estos procesos que, en caso de ser superados, pueden poner en peligro la habitabilidad del planeta. En realidad, ya hemos sobrepasado la mayoría de estos límites de seguridad y, por esta razón, ha sido necesario incorporar a los valores biofísicos la medida del impacto que supone la pérdida de calidad de vida valorada, por ejemplo, en la disminución de recursos, el aumento de enfermedades o las muertes relacionadas como causa-efecto por los cambios en la biosfera provocados por la actividad humana. Se trata de lograr un planeta más seguro y justo, donde se reduzcan las desigualdades y logremos la sostenibilidad necesaria.


Se buscan cerebros libres para salvar el planeta

A nivel de civilización, hemos permitido que la ley natural del más fuerte, en este caso la habilidad en crear riqueza y poder dentro de lo que se conoce como libre mercado, sea la forma que domine las tendencias, dicte las normas, la dirección de nuestra especie y, en estos momentos, el destino de nuestro planeta. Al mismo tiempo y por primera vez, somos conscientes de que está en juego nuestro futuro, tal como lo conocemos, y que nos queda poco menos que una década para sufrir las consecuencias menos deseadas. Con esta perspectiva de responsabilidad, se apela a la necesidad de provocar un cambio de paradigma y usar el conocimiento para poner el bienestar de las personas por encima del beneficio. El primer paso sería promover el autocontrol como la habilidad principal del cerebro para frenar de una vez por todas el ansia desmedida de poseer riquezas y objetos, impuesta por el mercado y las marcas para someternos a un consumo inconsciente y desproporcionado. Situaciones cotidianas donde las personas nos convertimos en auténticas marionetas, recibiendo mensajes que llegan a nuestra mente de una manera fácil, sutil y directa y que inciden sobre un área primitiva de nuestro cerebro que opera de forma automática e inconsciente, sin apenas oposición cuando se trata de elementos básicos como la supervivencia. Son los códigos reptilianos que utiliza la mercadotecnia, los que activan nuestra área de recompensa del deseo y a los que, sin poder hacer nada, sucumbimos a merced de las mentes manipuladoras publicitarias que solo tienen un propósito: el de reunir cada vez más riqueza, sin tener ningún tipo de empatía con los seres humanos y las consecuencias que provocan en los individuos y por ende en el planeta.


Para colmo, son comunes los testimonios de personas que tras una vida de excentricidad y desenfreno carente de sentido, solo les queda el consuelo de contar su experiencia, tal vez por un vacío interior o por un sentimiento de culpabilidad que les lleva a pedir perdón para recuperar su alma y limpiar su conciencia. Estas personas son también víctimas de este sistema de libre mercado donde, pase lo que pase, siempre se obtiene el mismo resultado: la riqueza de todo el planeta concentrada bajo el control de tan solo unas pocas personas. Es hora de que la conciencia humana ponga la empatía en el centro de nuestro porvenir y el futuro de las generaciones venideras. Empatizar es civilizar, civilizar es empatizar.


La familia extendida y la civilización empática

Así como la semana es reconocida como la medida de organización más práctica en cuanto a la gestión del tiempo, la familia podría considerarse como la unidad más pequeña creada por la especie humana con organización autónoma y capacidad de decisión sobre aspectos determinantes para su desarrollo.

Asimismo, a medida que el ser humano se ha ido expandiendo por el Planeta a lo largo de la historia, la conciencia de su entorno ha ido ampliándose hasta el punto que podemos hablar ya de una familia extendida en un concepto que abarca a los demás seres vivos y a la biosfera como una comunidad compartida. Y es que no es una utopía, es fruto de la habilidad que tenemos los seres humanos para ayudarnos entre nosotros y a las demás especies como sugiere la neuropsicología y psicología del desarrollo, que demuestran que no estamos programados para la agresión, violencia, egocentrismo… sino que, en realidad, estamos hechos para socializar, buscar apego, procurar afecto, compañerismo… y que nuestra prioridad es la necesidad de arraigo y pertenencia. En definitiva, necesitamos empatizar, hasta el punto de que ya existe el término de «civilización empática» y que será, probablemente, la única vía para lograr nuestra supervivencia como especie.

Es hora de poner en práctica lo que nos hace genuinamente humanos, como nuestra capacidad de colaborar de forma inconsciente, automática y altruista, incluso con desconocidos y en masa, con el objetivo de crear un movimiento en sincronía positiva y de carácter urgente que minimice los efectos de la crisis planetaria que hemos creado. Somos responsables directos y por tanto, debemos apelar a nuestra conciencia cuando cedamos el relevo a las generaciones venideras.







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